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SAN ANTONIO DE PADUA

El presente relato se construye a partir de hacer converger distintos pedazos de historia. Algunos remiten a tiempos lejanos; otros, a la actualidad.

Una postal:

Todo comenzó cuando una vieja postal llegó a nuestras manos. Tenía un matasellos que la ubicaba en 1916 y un texto que, escrito en alemán, contenía un mensaje de salutación cumpleañero.

 

 

La imagen coloreada reproducía una capilla a la que se identificaba como San Roque de Capilla del Monte.

 

 

La búsqueda y el acceso a información nos brinda más claridad: se trataba de la primigenia capilla de Capilla del Monte erigida bajo la advocación de San Antonio de Padua, los cerros que dan fondo a la foto son Las Gemelas y la razón de la identificación como San Roque seguramente es el resultado de la combinación entre alguien que sabía de sacar fotos, colorearlas, imprimirlas como postales y venderlas más no de tener conocimiento sobre el nombre real de la Capilla en cuestión; es obvio, por tanto, que esto último carecía de toda relevancia para el fin comercial perseguido. Se podría intuir, tal vez, que dicha falta de vocación por tener certeza sobre la identificación correcta puede haber llevado a confundirla con la Capilla de San Roque de La Cumbre. En concreto, si bien la Capilla ya no existía; reconstruir su historia, con seguridad, merecía un viaje a Capilla del Monte y así se hizo.

 

Los propietarios de la tierra:

Una lluvia cansina nos acompañó durante todo el viaje hasta Capilla del Monte. En la Casa Parroquial encontramos una hospitalaria recepción por parte del Sacerdote Luis Donato con quien intercambiamos una larga y enriquecedora conversación. Fue él también quien nos acompañó a la actual nueva Capilla y a su pequeño museo interior. Sobre las paredes del mismo sendos posters nos brindan un detalle del cambio de propietarios de estas tierras a lo largo de los años.

 

 

De la lectura de los mismos extraemos la siguiente información:

El primer documento que acredita condiciones de propiedad corresponde a la Merced que un 30 de diciembre de 1575 es efectuada por Lorenzo Suárez de Figueroa a favor de Lucía González Jaimes, hija de Bartolomé Jaimes.

El 2 de agosto de 1618, Lucía y su marido Juan Maldonado las venden a su sobrino Capitán Cristobal de Funes quien las permuta por otras tierras con su tío Miguel González Jaimes, un 24 de octubre de 1620. Será éste quien las entregará como dote de su hija María Jaimes al momento de su matrimonio con el Capitán Jerónimo de Quevedo.

El 13 de abril de 1638 este matrimonio las vende en parte a Manuel de Ribera. A su muerte, su viuda Lucía Jaimes las cede a Pablo Gómez un 29 de julio de 1661 quien las dota a su nieta Paula de Ochoa casada con Juan Jaimes de Ceballos que, años después, las transfieren al Capitán don Antonio de Ceballos un 6 de mayo de 1695.

El Capitán Don Antonio de Ceballos hijo del Capitán Don Luciano de Ceballos y de Doña Antonia de Quevedo Jaimes (dueña de la Estancia de la Concepción - actualmente Dolores - y de la de San Esteban) será el propietario de estas tierras hasta su muerte en 1719. Durante esos 24 años se ocupó de darle vida y desarrollo a la Estancia de San Antonio que ocupaba una superficie de un cuarto de legua al Norte y otra al Sur por una legua al Naciente y otra al Poniente.

Los ámbitos de vivienda que edificó incluían distintas salas y cuartos que daban cómodo albergue al Capitán de Ceballos, su esposa Doña Catalina de Almonacid Sarmiento y sus nueve hijos.  El casco de la Estancia incluía además: la Capilla dedicada a San Antonio de Padua, un molino, bodega y hábitats para esclavos e indios los que eran utilizados en las tareas agrarias, ganaderas y de servidumbre. La producción tanto agraria como ganadera era variada tal como queda consignado en el inventario relevado al momento de su muerte: "El principal cultivo de la Estancia lo constituían 1640 cepas de vid; además de la siembra de trigo, había algunas plantaciones de frutales como manzanas, peras, higueras y membrillos; la principal cría de ganado era el ovejuno y para las necesidades de la Estancia se criaban vacas, bueyes, caballos, yeguas y mulas."

Al momento que en Córdoba el Obispado era detentado por Mons. Fray Juan Manuel Mercadillo, la Capilla, más asociable a un Oratorio, cobra forma hacia 1715 ubicándose muy próxima al sitio donde se erige la actual. Enmarcada en un ámbito agreste de típica y virgen flora y fauna serrana, estaba edificada en piedra, cal y adobe. La descripción hecha en documentos de la época expresa: "La Capilla es de diez varas de largo y ancho correspondiente, paredes dobles, techo de teja y tejuela, y por de fuera de piedra y cal toda nueva, piso enladrillado con su baranda de madera, puerta de dos manos y cerradura correspondiente."

 

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La advocación será a San Antonio de Padua para lo cual se le incorpora una talla hecha en madera que se ha logrado conservar hasta la actualidad; de hecho, figura en un inventario datado con anterioridad a 1800 donde se consigna lo siguiente: "Tres quartos de alto de buena porción con su ábito de seda en buen uso y su diadema de plata. Item, de dicho Santo, una Casulla y Alba todo en buen uso."

 

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El 17 de junio de 1755 el Sargento Mayor Antonio de Ceballos Almonacid, hijo del Capitán Antonio de Ceballos, herederá conjuntamente con su esposa Juana de Corvalán y Castilla. Al no tener hijos, el albacea designado la vende un 14 de octubre de 1767 a Francisco de Ceballos quien las transferirá a su hijo Benito de Ceballos un 20 de junio de 1777.

A la muerte de Benito de Ceballos, las tierras pasarán a manos de su hija Concepción de Ceballos por entonces esposa de Felipe Marín. Ambos venderán a Pastor Montoya un 6 de setiembre de 1824.

Serán los descendientes de Pastor Montoya los últimos en acreditar derechos sobre estas propiedades previo a que el científico alemán Adolfo Doering y su familia se hiciesen cargo de las mismas.

La presencia de alemanes en la zona empieza a explicar la postal.

 

Un científico cruza el océano:

Hacía varias semanas que venía recorriendo el camino que unía proa y popa. Poco más de cien metros a los que le había logrado encontrar el ritmo justo de modo de repetir, en ya varias oportunidades, el número exacto de pasos.

Esa tarde no completó el trayecto. Se detuvo, sintió la vibración de una de las dos chimeneas que le llegaba desde lo alto; evaluó el horizonte mientras el sol caía con displicencia, aspiró hondo y renegó por la sal marina que le lastimaba la garganta.

Quedaban atrás, tanto las lejanas imágenes de su partida de Alemania como las recientes costas de Montevideo y su puerto.

Se alejó de la baranda dejando impresas las imperfecciones de la madera en las yemas de sus dedos. Se dejó caer sobre una reposera y permitió que su vista se molestase con los reflejos rojo intenso que dejaba el sol al desangrarse sobre el agua.

Saludó a una pareja de jóvenes pasajeros que, tomados de la mano, deslizaban su amor de modo manso e irreverente por la cubierta del barco.

Entrecerró sus ojos y meditó sobre cuales serían las sorpresas que encontraría cuando Buenos Aires se expusiese frente a su llegada. Pensó en cuan misterioso sería ese país dibujado de mitos, de personajes que invitaban a la aventura. Le habían llegado las noticias de la puja entre "civilización" y "barbarie". El se identificaba con lo primero, de hecho debía ser otra de las razones por las que Sarmiento lo había convocado a través de su compatriota y científico Germán Burmeister; en cuanto a lo segundo, sintió que la idea de la "barbarie" era como un imán que a sus jóvenes 24 años en modo alguno lo atemorizaba sino que, por el contrario, lo entusiasmaba, lo atraía, lo desafiaba y motivaba.

Adolfo Doering de pie; Oscar Doering, sentado a la izquierda y Domingo Faustino Sarmiento

 

Corría 1872, la Buenos Aires que lo esperaba intentaba aún sobreponerse de la epidemia de fiebre amarilla que la había diezmado el año anterior. No se sintió particularmente preocupado por la situación; de hecho y atento que su destino final era radicarse en Córdoba, tenía claro que su paso por la Capital sería fugaz.

Por un instante, dejó a un lado tantos pensamientos y, tentado por un suave sopor y serenidad, se durmió.

 

Adolfo Doering:

Nació en Neuwaake, Hannover (Alemania) un 22 de enero de 1848. Desde joven se volcó a la pasión por las Ciencias Naturales, especialidad que estudió en la Universidad de Göettingen sin llegar a doctorarse.

Universidad de Göettingen

 

Para dar cumplimiento a la Ley 322 del 11 de setiembre de 1869 que impulsaba la contratación de hasta 20 profesores de ciencias diversas, el Presidente Sarmiento le solicita al paleontólogo y zóologo alemán Carlos Germán Burmeister, quien desde hacía varios años estaba radicado en Argentina y ocupaba el cargo de Director del Museo de Buenos Aires, que convoque a varios científicos extranjeros.

El destino que se les proponía era Córdoba donde debían darle creación a la Academia de Ciencias de dicha provincia. Con dicho objetivo se previó contratar a dos matemáticos y un profesor para cada una de las siguientes especialidades: química, botánica, física, geología, mineralogía y zoología.

Una de las razones que también tuvo peso al momento de direccionar la búsqueda hay que encontrarla en la influencia de la masonería. La logia "Piedad y Unión" se había creado en Córdoba en 1868 y dentro de ella, Bursmeister era una figura relevante. A dicha logia se irán sumando los científicos germanos convocados así como otros quienes venían transitado otros caminos, tal el caso del estadounidense Benjamin Gould quien será el gestor del Observatorio Astronómico de Córdoba.

Durante el quinquenio que se extendió desde 1870 a 1874 fueron llegando los distintos profesionales; el geológo, zóologo y paleontólogo Adolfo Doering y su hermano Oscar Doering, cuatro años mayor y especializado en matemáticas y meteorología,  serán algunos de ellos.

El Dr. Bursmeister tenía un afianzado prestigio producto de haber sido discípulo de Alexander Von Humbolt y de contar con una vasta labor científica expuesta en su prolífica obra literaria donde se destacaba, entre otros: los cinco tomos de su "Manual de Entomología", "Los caballos fósiles de la pampa argentina" o su inconclusa obra "Descripción Física de la República Argentina" la que se convertiría, para la época, en el mayor inventario de la flora, fauna, paleontología y geología de nuestro país.

Será Bursmeister quien impulsará, creará y presidirá la Academia de Ciencias de Córdoba conformándola con los Profesionales convocados. Dicha asociación cobra vida en 1873.

 

Oscar Doering - Carlos Burmeister - Adolfo Doering

 

Por ese entonces, Adolfo Doering ya llevaba un año como ayudante en la Cátedra de Química de Máximo Siewert a quien reemplazará como Titular al momento de su retiro en 1875 asumiendo además el cargo de Secretario de la Academia desde donde gestará su Boletín.

En 1876, profundas discrepancias dentro de la logia, desaveniencias con la conducción de Bursmeister al frente de la Academia y los reiterados enfrentamientos  entre Oscar Doering y los denominados "germanos" con Benjamin Gould llevan a este último a crear, en 1877, una nueva logia masónica denominada "Southern Cross" con una mayoritaria presencia anglo estadounidense.

Los científicos que permanecen en "Piedad y Unión" impulsarán la creación de una unidad académica que se integrará a la Universidad de Córdoba bajo el nombre de Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas la que será presidida, entre 1878 y 1880 en carácter de Decano, por Oscar Doering y luego, por el mismo Adolfo Doering.

Otra de las consecuencias de esos enfrentamientos fue la gestación, por Decreto del 22 de junio de 1878, de la Academia Nacional de Ciencias de la que, Adolfo Doering, será presidente a lo largo de varios años (1914 - 1923).

Adolfo Doering afianza su relevancia científica a partir de los distintos trabajos en los que participó y que fue publicando a través del Boletín de la Academia hasta entrado el siglo XX. A aquel su primer trabajo asociado a la composición química de la caparazón de los caracoles que, en Alemania, le había significado trascendencia se le sumaron los que encaró en Argentina. Varios de ellos tuvieron que ver con la Química Orgánica, la Zoología y la Geología mereciendo un párrafo aparte el Informe Oficial que elaboró tras las tareas de investigación realizadas en la Patagonia durante 1879 por una Comisión Científica interdisciplinaria de la que fue miembro acompañando al Gral. Roca durante la Campaña del Desierto.

Extraemos del libro Grandes Escritores Argentinos y en particular del espacio dedicado a Florentino Ameghino (también miembro de la logia masónica "Piedad y Unión") unos párrafos del Prólogo escrito por Joaquín Franguelli donde se brinda una semblanza de Adolfo Doering: "Adolfo Doering fue realmente un maestro; porque maestro no es sólo quien mucho sabe, sino quien con sus palabras de estímulo y con su ejemplo ferviente, sin presunción y sin jactancia, sabe encender en sus discípulos la llama del entusiasmo en la consecución de ideales puros." Continúa Franquelli haciendo una descripción de la relación entre Doering y su discípulo Ameghino: "... había sido Adolfo Doering quien sustrajera a Florentino Ameghino de sus recogidos soliloquios, de sus solitarias meditaciones, en la desamparada trastienda de la pobre "Librerilla del Glyptodón" ... quien lo llevara a Córdoba como director del Museo Antropológico y Paleontológico de la Universidad de aquella ciudad ... quien lo propusiera para el título de Doctor Honoris Causa, a fin de que pudiera ocupar la cátedra de Zoología en la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la misma Universidad Nacional ... quien le facilitara fósiles y datos geológicos "preciosos", como los califica el mismo Ameghino, y le acompañara en sus excursiones por los alrededores de Córdoba ... quien publicara [a través de la Academia] su magna obra sobre los mamíferos fósiles argentinos, fruto de quince años de asidua labor."

 

Adolfo Doering y Capilla del Monte:

A poco de llegar a Córdoba, Adolfo Doering opta por guiar sus pasos hacia el norte del Valle de Punilla. Por entonces Susana Montoya de Núñez en carácter de propietaria habitaba en la Casona del casco de la antigua Estancia ubicada en proximidades de la Capilla de San Antonio. En circunstancias no del todo claras, Doering va tomando posesión de estas propiedades a partir de gestar un primer asentamiento sobre los terrenos que hoy reconoceríamos como el Centro de Capilla del Monte. La Sra. Montoya va siendo desplazada hasta que fallece poco tiempo después; frente a esta circunstancia, en 1887, Doering procede a mensurar la zona con el auxilio del Perito Domingo Vilches unificando todas las tierras, asumiendo la propiedad de las mismas y rebautizándolas como Villa Doering.

Será el mismo Doering quien, en 1892, creará y presidirá una Comisión Vecinal que le dará forma al nuevo municipio el que será reconocido como tal asumiendo el nombre de Capilla del Monte a partir de 1897.

En paralelo con este proceso se diagrama el nuevo pueblo con la ayuda de ingenieros suizos quienes diseñarán la estructura poblacional haciendo eje de convergencia en la estación del recientemente llegado ferrocarril.

Otro eslabón crucial en esta historia se produce durante esos años de transformación. Será en 1894 cuando durante un viaje del Párroco Arturo Gómez Morón, la vieja Capilla es demolida y en las vecindades de ella se comienza la construcción de la nueva la que se inaugura en 1908.

 

Obsérvese en esta foto antigua la ubicación de la campanas y más abajo, su disposición actual

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La obra sufre numerosos cambios y faltantes sobre los planos pautados originariamente para terminar asumiendo la estética actual donde los estilos arquitectónicos no logran definirse como conjunto armónico. En su interior luce un altar de ónix y mármol travertino.

 

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En los primeros años del siglo XX Doering demuele la vieja Casona donde habitaba la Sra. Montoya y construye una nueva donde vivirá hasta su muerte, un 19 de febrero de 1925.

 

 

La reproducción:

A unos pocos kilómetros hacia la zona sur de la ciudad se levantó la Capilla de Fátima que intenta reproducir la estética original de la vieja Capilla de San Antonio.

 

 

 

 

Fuentes de consulta:

  • Se agradece la especial colaboración de los Sacerdotes Luis Donato y José Guillermo Gómez; así como a María José Bosch.

  • JOAQUIN FRANGUELLI: Prólogo de XLIV - Florentino Ameghino del libro Grandes Escritores Argentinos - Director: Alberto Palcos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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